En el deporte de alto rendimiento, detrás de cada medalla hay mucho más que entrenamiento, disciplina y talento. También hay emociones que necesitan ser escuchadas, pensamientos que necesitan ser revisados y, sobre todo, una mente que debe aprender a competir sin convertirse en su propia enemiga.
Empezar a trabajar un abordaje terapéutico fue una experiencia muy gratificante, acompañé a una niña gimnasta de alto rendimiento que, a pesar de su esfuerzo y capacidad, comenzó a experimentar episodios frecuentes de estrés y ansiedad, centrada en la presión por alcanzar sus puntajes deseados.
Reconciliarse con el error, reconocerse en sus demás fortalezas, validar sus emociones y reconstruir sus pensamientos desarrollando una mayor flexibilidad cognitiva, mejoraron sus técnicas de relajación y control de la ansiedad.
Las sesiones nos permitieron rescatar una idea que considero esencial, no solamente para el deporte, sino para la vida:
“Soy buena aún con mis errores y mis caídas, porque cada una de ellas me acerca más a mi meta”
Se llama North y es una niña que lo da todo en su entrenamiento, que sujeta sus barras con la misma fuerza que sostiene sus sueños. Ella ha empezado a entrenar no solo sus movimientos sino sus pensamientos racionales, desde la flexibilidad, la tolerancia y el optimismo racional, a tratarse con amabilidad cuando tiene un error y con optimismo cuando disfruta de sus logros:
North enfrentó su competencia desde un lugar diferente: con mayor calma, con todo y sus miedos, pero focalizada y con confianza.
North nos enseña que no somos fuertes porque nunca caemos. Somos fuertes porque aprendemos a levantarnos, a revisar lo ocurrido, a seguir aprendiendo y a volver a intentarlo.
La medalla de oro fue hermosa. Pero la victoria más importante fue cuando comenzó a comprender que su valor nunca dependió de un puntaje sino de su perseverancia y el ejercicio de un pensamiento racional.
¡Felicitaciones North!